jueves, 27 de septiembre de 2012

Un asalto y dos momentos derivados




           
            El asalto
Me asaltaron (otra vez, sí). Estaba integrándome (el verbo integrar es un eufemismo) a la tranca de la autopista del Este, cuando me asaltaron. Yo iba ya para mi casa, luego de una agotadora faena de clases en la universidad. Había pasado el día dando lo mejor de mí a los jóvenes estudiantes, lo mejor de mí a un grupo de venezolanos, trabajando, aportando desde la docencia (eso creo firmemente) mi contribución de buen futuro al país, y de vuelta, me asaltaron. Me asaltaron en la cola dos tipos que vendían mercancía del candidato Henrique Capriles Randonski. Sí, aquel par «vendía» gorras tricolor (esas, las famosas prohibidas) y afiches y banderitas con el rostro del candidato opositor.
El primero se me acercó por la parte delantera del carro y me mostró su mercancía de Capriles, le hice seña de que no, y luego lo vi hablando con otro que también llevaba mercancía de Capriles. Aquel otro se puso también frente al carro, se alzó la franela y me mostró otro tipo de mercancía: su arma, su pistola. La sacó, la sacó de lo más tranquilo, caminó hasta la ventana y con la cacha le dio dos golpes a mi vidrio. Yo bajé el vidrio, le extendí el celular y le dije: «Toma pues». Dije lo que dije con hastío. Por alguna razón, en mí no hubo miedo ni rabia, sino ladilla. Y me van a disculpar la palabra, pero era ladilla. Ladilla de vivir en un país en el que todos padecemos día a día y con aumento notable la desintegración de todo el buen vivir. Hastío fue lo que sentí, sí. Hastío de esta Venezuela donde la maldad es lo que paga, donde el crimen se promueve desde las altas esferas, donde la impunidad es bandera política y donde un malandro puede andar con una pistola en una autopista a pleno día y no pasa nada.
El malandro me pidió también la cartera, y yo, dentro de mi hartazgo, pensé: La cédula, la licencia, las tarjetas de crédito… no qué ladilla, yo no me aguanto la pesadilla burocrática de todas esas diligencias. Así que lo que hice fue abrir mi cartera y buscar los billetes. Mientras tanto, el malandro, hombre serio a más no poder, me soltó lo siguiente: «Apúrate mamagüevo, ¿o es que tú crees que yo estoy jugando?» Les juro que me provocó soltar una carcajada y decirle: «No, de bolas, tú estás trabajando, pedazo de…» Pero hubiera sido demasiado. Así que saqué mis billetes de la cartera y se los di. El malandro, agradezco su consideración, se conformó con lo entregado y me dejó la cartera. Ya no tendré que ir a bancos despectivos y a instituciones públicas aún más despectivas a hacer interminables trámites para recuperar mis documentos. Así pues, nuestro muy serio malandro se alejó diciéndome mamagüevo otra vez (imagino porque no le entregué la cartera y por mostrarme totalmente hastiado) en ruta hacia otro carro. Allá iba el feliz malandro, con una pistola en medio de la multitud, bajo nuestro agradable sol caraqueño, a cielo abierto, tranquilazo con su mercancía de Capriles, con su gorrita tricolor encajada en el cráneo.
Enseñanza 1: No sólo nos come el miedo, no sólo nos come la rabia, el hastío también nos está tragando.
Enseñanza 2: No confíes en todo aquel que te muestre el rostro de Capriles. El mal se disfraza de esperanza, para luego darnos su estocada de odio.

La denuncia
Seguí mi camino, qué más remedio. Seguí mi camino sin mi celular y sin mi dinero. Fueron unos doscientos bolívares los que le entregué al «vendedor» de mercancía de Capriles, y a cambio no recibí nada. A lo mejor obtengo después de publicar esto, una respuesta escrita del «vendedor», quien, con todo su derecho a réplica, me dirá que soy un infamante, y que él no me asaltó, sino que me vendió la mercancía de Capriles, pero que yo de loco, de despistado, de idiota (o de mamagüevo), no me la llevé.
El asunto es que seguí, seguí mi camino. ¿Qué más iba a hacer? Llegué a mi zona, a mi urbanización, busqué un módulo policial y me estacioné. Hice la denuncia. Hice la denuncia no para recuperar mis cosas, lo que consideraba improbable; la hice porque, como buen ciudadano que me considero, quería advertir a la autoridad sobre lo que estaba ocurriendo en la autopista con el fin de evitarle malos ratos y hasta tragedias al resto de mis conciudadanos. Así que me bajé de mi carro e hice la denuncia. Los policías me escucharon y luego «radiaron» el procedimiento. También me hicieron pasar a una oficina, y allí otro agente me tomó los datos. Me trataron bien, no puedo quejarme. No obstante, el detalle está en lo que viene: estamos tan mal, tan mal como país, tan hartos y por supuesto tan llenos de miedo, que cuando el agente de la oficina empezó a pedirme los datos me puse nervioso, me puse suspicaz. Me imagino que en cualquier comisaría del mundo decente (lo que es decente es esa parte del mundo a la que me refiero) un agente te pide tu nombre completo, tu número de cédula, tu teléfono, tu dirección, y supongo que no pasa nada, que es normal, que el procedimiento es correcto. Pero yo no pude evitarlo, toda aquella solicitud de información me puso nervioso. ¿Para qué carrizos quería la policía mis datos? ¿Era conveniente dárselos? ¿No me estaría metiendo en más problemas? Es triste, pero me fui a mi casa pensando que había hecho una tremenda estupidez: dar mis datos a unos agentes policiales.
Enseñanza: Me disculpan los agentes, quienes me trataron muy bien, pero lo que acá digo es producto de la desconfianza y del miedo generalizado. Así nos han ido socavando. Así nos hemos ido hundiendo. No es normal, para nada normal, que uno desconfíe de un policía. Deberíamos respetarlos, incluso hasta podríamos temerles, ¿pero desconfiar?

            El bloqueo
            Apenas llegué a mi casa llamé para cancelar mi celular. Me atendió una joven que, con voz fría pero intentando amabilidad, me pidió mi nombre completo y mi cédula para luego decirme que tenía que formularme una serie de preguntas con el fin de hacer efectivo el bloqueo. Si no las respondía correctamente, el bloqueo no se llevaría a cabo.
            Queridos lectores: yo no soy de andar sabiendo de planes, ni de marcas de celulares, ni de rentas básicas, ni de servicios. Yo tengo un celular y ya. Lo uso para comunicarme y, mensualmente, lo cargo con unos ciento veinte o ciento cuarenta bolívares en un quiosco cerca de mi casa. Tengo, eso sí lo sé, un servicio prepago, pues uso poco el celular; de resto, no sé más nada de nada de mi teléfono móvil.
Pues resulta que la joven ha empezado a preguntarme por el nombre del plan al que estoy afiliado, por mi renta básica, por el monto EXACTO de lo que pago mensualmente y por los servicios que tengo afiliados a mi celular. ¿Qué es un servicio, por Dios? ¿El celular todo no es un servicio? Yo no sabía qué responder a esta última pregunta y tampoco a todas las demás. ¿Cómo carajos voy a saber yo el nombre de mi plan? ¿Será «Compre hoy y pague mañana», o «Compré ya y en diciembre la inicial» o «Hágalo difícil que es más sabroso que fácil»? A lo mejor me lo sabía cuando me afilié hace mil años, pero ahora, ¿qué carajos voy a saber ahora, mil años después y luego de un asalto? Yo tengo un celular que uso de vez en cuando, y aparte de eso tengo mil millones de cosas importantes que hacer, entre ellas, cabe destacar, andar más atento de los vendedores de mercancía de Henrique Capriles en la cola de la autopista. Total que la joven que me atendió me repetía, con su tono que intentaba ser frío pero que cada vez sonaba más a desprecio, que si no respondía bien a mis preguntas no se realizaría el bloqueo de mi celular. Entiéndase bien: el celular «mío de mí de mi persona» donde tenía las fotos de mis seres queridos y donde, como es de rigor, estaban registrados los números de mis familiares, amigos y allegados. Me desesperé ante la absurda dificultad de la pregunta y hasta me sentí culpable, terriblemente culpable de no saber cuál era mi plan, mi renta básica y cuáles mis servicios afiliados. Mi celular no se bloquearía por no saber esas cosas tan sencillas y lógicas, yo era un terrible irresponsable, un criminal que estaba poniendo en peligro la seguridad de unas cuantas personas, incluso de mi familia.
Total que al final creo que más o menos di, más o menos con aproximación, las respuestas que la joven quería. O posiblemente se hartó de mí, y para salir del paso me soltó que ya el celular y el número telefónico estaban bloqueados. Suspiré hondamente y le di las gracias a la chica, a la gran joven que me había hecho comprender que yo era un terrible criminal (mucho más que los malandros) y que no debía volver a portarme tan irresponsablemente el resto de mi vida.
Para terminar, como había sido víctima de robo, la joven me ofreció un descuento en un celular X o Y, el cual podía yo comprar en el plazo de tres días en el agente autorizado más cercano, muchas gracias.
Enseñanza 1: No descuide sus deberes con el celular, sepa de él todo lo que haya que saber: servicios, fecha en que lo compró, fecha última en que lo recargó, fecha última en que lo llevó a la playa, fecha última que lo usó mientras estaba sentado en el baño… todo eso es importante, no lo olvide. No sea irresponsable. No sea criminal.
Enseñanza 2: Deje que le roben el celular, siempre habrá uno nuevo esperándolo con un excelente descuento, a la vuelta de la esquina… como los malandros, siempre a la vuelta de la esquina.

viernes, 31 de agosto de 2012

Socialité





Ya los conocidos han de saber que no soy afecto al Presidente, que no lo justifico ni mucho menos. Quiero dejar esto muy en claro, porque ahora quiero decir que en ocasiones, cuando uno, estupefacto, presencia ciertas actitudes, termina entendiendo, aunque sea lejanamente, al chavismo, y termina también entendiendo la tristemente célebre frase «No volverán.» Anoche, en el Miss Venezuela, cuando escuché la palabra «Socialité» fue uno de esos momentos.
Sí, es cierto, el Miss Venezuela está hecho para eso. El concurso Miss Venezuela es un entretenimiento y un espacio para la belleza y lo superficial. Y está bien, ya el Miss Venezuela es tradición, y es perfecto como es. Sea un espectáculo de buena o mala calidad, eso no importa ahora, la gente necesita distraerse, todos los venezolanos lo vemos y lo disfrutamos, lo agradecemos, y con orgullo nacional seguimos a nuestras hermosas reinas. Pero anoche, cuando escuché la palabra sociliaté, no pude menos que entristecerme.
La palabra sociliaté, querido amigos, es una advertencia, un síntoma, un indicio de que en este país ciertas cosas siguen iguales a pesar de casi tres lustros de calamidades que nos han sacudido como sociedad, de tres lustros de historia que nos debería haber abierto los ojos como seres humanos. Pero al parecer, algunos siguen ciegos.
            Y no es que uno no esté también orgulloso de nuestros venezolanos que «triunfan en el exterior», y que se «codean» con lo más granado de la sociedad internacional por sus méritos, sus logros, su inteligencia, su glamur. Ellos tuvieron la suerte, la oportunidad, los medios y quizás el talento para merecerlo. Y ya sabemos, tal como lo veía Schopenhauer, nadie elige ser como nació. Nadie elige ser millonario o pobre con dignidad. Pero que un programa de televisión que la nación completa está viendo, llamen a alguien socialité, y que esa persona se deje llamar socialité y que además se crea realmente socialité, sí es preocupante. Es preocupante, porque pareciera que no hemos aprendido nada, porque pareciera que no vamos a ningún lado, porque pareciera que seguimos siendo los mismos de hace décadas, y que, por lo tanto, el país seguirá estando tan mal como ha estado hasta ahora. Es preocupante porque con la palabra socialité nos encontramos ante una visión estrecha del mundo, ante la burbuja ciega, ante la misma condición existencial, social y política que terminó provocando que subiera al poder una fuerza resentida e iracunda que yo no acompaño, que yo no avalo, que yo no sigo, pero que no me extraña a la luz de tal palabreja. A ver si me explico mejor: hace poco conversaba con un amigo librero, cuando llegó ante nosotros una señora muy elegante ella, muy doñita de buena condición, que le contó al amigo librero que había comprado un Quijote en francés, una excelente edición del Quijote en francés. ¿Por qué? Pues ella misma, sin esperar a que se lo preguntaran, lo explicó. Porque ella tenía una nietica en Francia, que era de padres venezolanos, claro está, su hijo y su nuera, claro está, pero que vivían en París, claro está, y es así que esa nietica había nacido en París, y hablaba español, claro está, pero como la doñita ya había dicho, era nacida en París, Francia, y hablaba también francés, claro está, y por eso le compró el Quijote en francés. ¿No hay algo raro en todo eso? ¿Algo desproporcionado y torcido? Luego de pensarlo un poco, se me antojó que había en la doña, muy educada, muy fina, algo de innecesaria «pantallería» (la pantallería siempre es innecesaria, disculpen el pleonasmo), mucho de mente campesina, y de sobra estulticia mundana, entiéndase esnobismo. 1) ¿Por qué razón aquella señora debía andarnos restregando en cara París, Francia? 2) ¿Por qué razón aquella señora no compraba el Quijote en español? 3) ¿El francés es mejor idioma? 4) ¿Porque vivas en París, Francia, ya eso significa que has triunfado en la vida? 5) ¿Por qué nos tuvo que contar todo eso en voz alta, muy alta, como para que todo el mundo escuchara?
            Permítanme señalar la palabra «restregar». Mientras sigamos restregándonos lo tan socialité que somos, se nos hará difícil superar el atolladero. Atacamos una y otra vez la actitud de los que están al otro lado de la acera, nos indignamos, los acusamos, incluso los llamamos de mil maneras poco decorosas. Pero nos olvidamos que de nuestro lado también hay asuntos que están mal, y no nos atrevemos a señalarlos abiertamente, porque, como de costumbre, salen los talibanes de la lucha «democrática» que pululan en nuestras filas (que son, ellos no se dan cuenta, hijos del discurso encendido y cargado de odio de quien encadena el país por horas) a insultar, a despotricar contra quien se ha atrevido a indicar algo que cree que está mal, y no con malicia (lo que se señala), sino por preocupación seria y legítima.
            Piense en la matanza de los Yanomami, y luego piense en la palabra socialité. Piense en la tragedia de Amuay, y luego piense en la palabra socialité. Piense en las personas que mueren todos los días en este país, en las que secuestran, en las que pierden sus trabajos, piense en la cantidad de dinero que se roban la infinidad de corruptos que nos atestan, y luego piense en la palabra socialité.
            Ah, y yo no sé que tanto restregamiento de la palabrita. Tengo entendido que socialité se aplica a una persona que ha alcanzado renombre más por su habilidad para relacionarse que por sus méritos o logros profesionales. ¿Sabiendo eso, es chévere ser un socialité?

domingo, 12 de agosto de 2012

El arte de tomárselo todo personalmente




En este país existe un arte en el que muchos son expertos: el arte de tomárselo todo personalmente. Me asombra cómo, cada vez más, todo lo que se opina en blogs, en Twitter, Facebook o periódicos, es tomado personalmente por alguien, quien, sin dudarlo dos veces, responde o descarga, desde la emoción, a cuatro patadas, y de modo personal, contra quien presentó su opinión en un discurso organizado. Y es que vivimos en el país de las emociones baratas. Todo es emocionalmente barato. Y sí, la emoción es importante. Pero lo barato no.
Creo que no se nos ha enseñado bien la emoción. Sufrimos de un fuerte componente educativo dado por los números, por el cálculo, por la letra sellada a fuego por la academia. Pero de emoción verdadera, nada. ¿Qué quiero decir cuando hablo de emoción verdadera? Hablo, específicamente, de una comprensión del mundo que abarque lo sentido y lo pensado en justo equilibrio. Hablo de detenernos por un instante a pensar lo que sentimos, y luego llevar esa emoción por los caminos de la bondad y del respeto. Mucho número, poco valor humano. Mucha emoción barata, poco pensamiento propio. Llegó el petróleo (hace muchísimos años), y nos olvidamos de aprender a leer y a escribir; y nos olvidamos, sobre todo, de pensar por nosotros mismos. Queremos, necesitamos, andamos siempre a la búsqueda de que nos piensen. Queremos pensamientos colados. Simplemente, para resumir, nos olvidamos de ser ciudadanos. Ciudadanos, y no pueblo. Gente, y no pueblo. Porque aquellos a quienes el populismo sensiblero llama pueblo deberían ser gente, deberían ser ciudadanos. Y por eso no comulgo con la palabra pueblo. La palabra pueblo presupone a un «pobrecito» que necesita ser defendido. La palabra pueblo considera niños a los adultos hechos y derechos.
            El arte de tomárselo todo personalmente también parte de un principio equivocado: el de la libertad. Nos han venido enseñando mal la libertad, y en los últimos años, el asunto ha ido de mal en peor. La libertad presupone la capacidad de la crítica, sí, claro que sí. Pero esa crítica no puede ser posible si permanecemos en la minoría de edad. Si criticamos desde el sentimentalismo barato, si criticamos desde la superficialidad, desde lo mezquino y lo mediocre, no hay crítica que nos ayude a emanciparnos.
 La palabra libertad es una de las palabras más engañosas de la historia. A cuenta de libertad nos hemos ido convirtiendo en esclavos. ¿Ejemplos? Si alguien estudia, si alguien da clases, si alguien medianamente intenta sacar la cabeza por encima del caldero, entonces el martillo de la falsa libertad le cae encima. El que estudia es un soberbio, el que lee es un soberbio (y un pendejo), el que intenta hilvanar un texto más o menos estructurado se las tira de una vaina. Y lo peor de todo esto es que, con toda la libertad del mundo, voy y lo digo: usted es un soberbio, señor, porque seguro es profesor y lee libros. La falsa libertad nos hace decir, pero si ese carajo es de Puerto Cabello, yo estudié con él, qué va a saber él nada. La falsa libertad te lleva a creer que puedes ocupar un cargo por encima de todos, solamente porque tú tienes derecho, porque naciste en el país del Libertador Simón Bolívar. (Qué mal nos ha hecho la falsa interpretación de Simón Bolívar y de su trágico título, cargo o como quieran llamarlo de Libertador.) La falsa libertad hace que los empleados de banca telefónica sean unos maleducados de primera que a todo responden con hastío. La falsa libertad ha hecho que en este país el servicio se considere una cosa vergonzosa, un acto de esclavitud, y no una manera de alcanzar la prosperidad y el bienestar común. La falsa libertad nos ha vuelto levantiscos. La falsa libertad no ha traído más que odio, un odio que termina expresándose en el estado común de las cosas en la calle, el caos, el irrespeto a las leyes, a las normas, a los mínimos patrones del orden. La falsa libertad unida al arte de tomárselo todo personalmente nos ha vuelto bullys o acosadores del «éxito»: aquel es un gordo, aquel es un conectado, aquel un señor de nalgas peludas. La falsa libertad nos ha llevado a la superficialidad. La falsa libertad nos ha llevado al sentimentalismo barato. Porque eso también es el arte de tomárselo todo personalmente: sentimentalismo, y del peor. El arte de tomárselo todo personalmente nos saca de la perspectiva mayor. El arte de tomárselo todo personalmente es un arte de cegatos. Un arte de inmadurez.
            En los últimos días he visto con tristeza una gran cantidad de ignominias: he visto cada vez más a cierta gente cargar y cargar contra otra gente en Facebook, en Twitter, en blogs. He visto cómo, si alguien intenta expresar su opinión con serenidad y respeto, igual es atacado personalmente (porque quien conoce el arte de tomárselo todo personalmente ataca personalmente). La invasión de odio a la que hemos sido sometidos durante todos estos años (este gobierno empezó mucho antes de que empezara, el Presidente que tenemos empezó a ser nuestro Presidente desde que creímos que el camino de un país es el camino de lo fácil y lo atropellado) está haciendo mella entre nosotros. Pero tampoco se trata de ellos y de nosotros. Se trata de que incluso entre aquellos que se hacen llamar «nosotros» he visto juegos de espadas, dobles intenciones, oportunismos, jugadas por detrás. ¿Cuánto hay de honestidad en determinadas acciones? ¿O cuánto hay de «Voy a hacer esto por si acaso, porque este gobierno no va a durar toda la vida, y aquí me voy acomodando, para que luego me toque a mí»? ¿Cuánto hay de seguir considerando la política un resuelve, un chanchullo, un negocio y no una verdadera actitud humana para el mejoramiento del hombre? Pero por supuesto, ya vendrá alguno, ducho en el arte de tomárselo todo personalmente, a sentirse señalado. Allá usted. Voy responderle con una de esas maravillosas frases populares que, tal como dice Eugenio Montejo en El cuaderno de Blas Coll, son las botellas que arroja al mar cada idioma de tiempo en tiempo. Y ya, la frase es: el que se pica es porque ají come. Esta frase es una verdadera belleza, que además surgió aquí, en este país donde se práctica con absoluta libertad el arte de tomárselo todo personalmente. Creo que es hora, no sólo de luchar contra el mal, sino, también, de empezar a madurar.

martes, 24 de julio de 2012

Dígame usted qué está mal en estas viñetas




El yesquero
Plaza Altamira, Caracas, 9.40 P.M. Salgo de la última sesión del taller de escritura creativa en el ICREA y me encuentro con el estacionamiento de la plaza cerrado. Mi primera suposición errónea: pensar que estaría abierto hasta once o doce, qué sé yo. Segunda suposición errónea: andar por la calle creyendo que vivo en otro país que no es Venezuela. Me da por cruzar la plaza, a ver si del otro lado aún quedan empleados por la rampa de salida. Nunca llegaré a esa rampa. Se me pega atrás un muchachito. Gorra de beisbol, franela demasiado larga, flacura, demasiada flacura, un yesquero en la mano y temblor, temblor de cuerpo eléctrico, sacudido por ganas que no se sacian. Me pide dinero el muchachito. Saco dos monedas de un bolívar cada una. Me pide más. Sospecho que, por mi bien, debo acudir a mi cartera. Sacó un billete de dos bolívares. Dame más, me pide, o más bien, me ordena. Saco otros billetes de dos bolívares. Más, más, uno grande. Tengo la sensación de que el muchachito me apunta con su yesquero. Pero ya el muchachito está a punto de dejar de ser muchachito. Ahora lo llamaremos malandrín. El malandrín me repite, dame uno grande. Y tiembla, y me apunta con el yesquero, y la cabeza gira, y hay maldad entre dientes, y me dice que los que me rodean, dos más que registran en los pipotes de basura, dos más un poco mayores, son sus compadres, y que entre los tres me van a joder si no les doy un billete grande, uno realmente grande. No se me ha perdido la cartera, pero ya no tengo más dinero. Le muestro el interior de la cartera, pero él insiste. Yo he seguido caminando, debo decir, camino en dirección al módulo —o camión— de policía que está al otro lado de la calle. No sé si habrá agentes allí, pero yo sigo por esa ruta. El malandrín se da cuenta de lo que estoy haciendo. Se me pone por delante, me apunta con la mano en forma de pistola, me dice que me va a quemar (¿será con el yesquero?), que me va a matar a tiros (¿será con su pistola-dedo?). Le digo lo siento, chamo, me irás  a matar, pero la verdad que no tengo más que darte. Me vuelve a amenazar el malandrín. Harto del sinsentido, y viendo que una patrulla se ha detenido frente al módulo, cruzo la avenida, dejó al malandrín atrás. Me acerco al agente, que ya está fuera de la patrulla y le digo que aquellos malandrines (señalo, claro está, hacia la plaza) me acaban de asaltar. El policía cruza la avenida. Al rato lo veo hacia la parte iluminada de la plaza con dos de ellos. Me voy a la plaza. El policía les dice que se saquen todo lo que tienen en los bolsillos. El policía me pregunta cuánto me quitaron. Yo le digo seis bolívares, que no hay problema, que se los queden, pero lo que sí quiero es hablar con ellos. Con el malandrín que me ofreció los tiros, con él especialmente. Mire, chamo, le digo, usted tiene podrido ese cerebro de tanta droga. Déjese de eso, la droga lo va a destruir. Mira cómo aferrabas ese yesquero, el yesquero que usas para fumarte tu piedra. El malandrín me interrumpe.
            —No vale, tú lo que eres es un mal empatado.
            ¿Y eso por qué será?, pregunto yo perdido, desubicado ante el calificativo, y él me responde que soy un mal empatado porque los acusé con el policía, porque ellos en verdad no me estaban robando, me estaban pidiendo. ¿Pidiendo, coñodetumadre?, rugue indignado. ¡Si me ofreciste unos tiros y me dijiste que me ibas a matar!
            —Es que yo soy un muchacho de la calle —me replica.
            Y yo no quepo en el asombro y la ira entristecidam, y le vuelvo a decir que precisamente porque es un muchacho de la calle es que tiene que dejar la droga, que se deje de eso…
            —Si no, vas a terminar tirado en la calle, hinchado, muerto como un perro.
            Me doy la media vuelta, cruzo la avenida. Tomo un taxi de los que están ahí esperando junto al módulo de policía. Le digo que le pago con dinero que tengo en la casa. Al taxista le parece bien. Atrás dejo la plaza Altamira, mi carro en el estacionamiento, y a un malandrín que me dijo que yo era un mal empatado.

Los sostenes
Yamaila está buenísima, está grandota, es una caballota, con unas tetotas. Y un día llega un pillo, y la agarra, y la pega contra una pared, y la catea, le mete mano por todas partes, le toca las tetas, le saca el sostén. Se le queda viendo a la prenda en cuestión y, sin más, le lanza el sostén en la cara a Yamaila. La insulta, le dice pobre puta.
—Tú con esas tetas tan buenas, pensé que usabas Victoria Secret´s —le espeta y luego le mete dos trancazos por la cara.

Oro falso
A Yamilé le gusta andar bonita, con bisutería, eso sí. Le gusta el gold-filled y así anda por la vida. Todos saben que es secretaria de una ferretería. Todos saben que todo aquel brillo es gold-filled. Pero el malandrón que la ve todos los días, allí en la parada de autobús a la hora de salida, ese malandrón no sabe nada de nada. Así que un día se le va encima con una navaja y le quita todo aquel resplandor amarillo a nuestra querida Yamilé. Más allá del susto, Yamilé sabe que no ha perdido nada. Gold-filled es gold-filled y se consigue adonde vayas. Lo que no sabe Yamilé es que aquel maladrón regresará al día siguiente, a la misma hora, a buscarla. Le dará una tunda digamos que desproporcionada, y Yamilé terminará en el piso, toda ultrajada, y allí, en la parada totalmente vacía, el malandrón le tirará la bisutería encima y le dirá:
—No joda, me hiciste perder el tiempo. Fui donde el prestamista y me dijo que me habías estafado, que esa vaina no era oro, chica. ¡Qué bolas tienes tú! ¡Qué bolas!

El estacionamiento
            Al lado de un edificio de oficinas en Puerto Cabello, había un terreno baldío. La señora dueña del edificio era también la dueña del terreno. Era una señora ya mayor, tranquila, y sin conocidos influyentes. El edificio había sido herencia de su marido. Cierto día, un grupo de gandules toma el terreno, y allí se quedaron instalados. Lo usaban de estacionamiento, y cobraban por ello, así como también por lavar carros. Un año estuvieron allí los gandules metidos. Bichitos de uña de la zona, de mucho cuidado. La señora, nerviosa y desprotegida, no sabía qué hacer con los invasores. Un día, uno de los inquilinos de su edificio, le ofreció comprarle el terreno. Ella le explicó lo de los gandules. El señor le dijo que no se preocupara, que él era militar retirado de la Guardia, que él se encargaba de eso. Un tarde llegó un camión de la Guardia Nacional y sacó a los gandules. Luego los soldaditos ayudaron a instalar un portón. Al día siguiente de tal evento, en la mañana, los gandules se aparecieron en la oficina de la señora. Era cuatro haraganes altivos y sinvergüenzas. Dijeron que querían hablar con la señora. Le dijeron que ellos exigían un pago. Un pago por el tiempo que le estuvieron cuidando el terreno, porque además, argumentaron:
—Cuando nosotros entramos ahí por primera vez, eso era puro monte, y ayer cuando nos sacaron, eso estaba limpio, perfecto.
La señora, ya no tan tranquila como hace un año, los mandó para el carajo. Ya de salida, los gandules sacaron unas llaves de sus bolsillos y, mientras iban bajando, rayaron las paredes.

            Así se hace cola en Venezuela
            Alguien está frente a una taquilla. Un segundo que llega, no se pone detrás del otro para hacer cola, sino que se le para al lado, digamos a la derecha, y se recuesta del mostrador, esperando su turno. Luego llega un tercero, que tampoco se pone detrás de quien está siendo atendido, sino que también se para al lado de éste, digamos del lado izquierdo. Cuando llega un cuarto, hay dos por delante, pero éstos dos, no están en la cola. ¿Qué pasa después?

De vacaciones
            Estoy en el Ferry, temprano en la mañana, rumbo a Margarita. Mi niño tiene hambre, mi mujer también. Me voy hasta el bar-puesto de chucherías de esa cubierta. Hay alguien delante de mí. Me le pongo atrás, a esperar mi turno. Llega una mujer con su marido. No hacen cola, se recuestan del mostrador. Adentro, unas de las que atiende, va directo a la mujer y al marido recostados del mostrador. La mujer empieza a pedir algo. Yo me ofusco, digo que me toca a mí, que se están coleando. La mujer me mira hastiada y de una vez me suelta:
            —¡Ay señor, deje el estrés, que estamos de vacaciones!
            En Venezuela, hay que dejarse abusar.
Porque en Venezuela, todos los días, estamos de vacaciones.   

            Puede ser cualquiera
            En este país, cuando un empleado dice «el siguiente», el siguiente puede ser cualquiera, no importa si tiene rato esperando, no importa si ha hecho cola o no.
Del otro lado del mostrador, la gente que se las arregle.
Sálvese quien pueda.
           
            Fogonazo de lucidez
            Ya sé cuál es el problema con la delincuencia en este país. Los malandros manejan sin hablar por el celular. Por eso los policías, tan eficientes en parar gente que habla por celular, no los atrapan. El malandro es el mejor ciudadano sobre ruedas.

            Un extra
            Un hombre le cortó la cabeza a su mujer. Encontraron el cuerpo de la mujer, atraparon al hombre. Pero nadie sabe dónde está la cabeza. El hombre no ha querido decirlo. Una cabeza perdida no es nada en comparación con los males cotidianos del barrio. En estos días no ha habido agua, por ejemplo. Es normal que no haya. Pero ya ha pasado demasiado tiempo, y además, los vecinos que viven cerca del tanque de agua, dicen que escuchan cuando el agua llega por las noches. Así que subieron al tanque a ver qué pasaba. Encontraron la cabeza tapando la boca del tubo que distribuye el agua.
—Hasta el agua que bebemos sabe a muerto —dijo alguien.

            ¿Ya descubrió que está mal en estas viñetas? ¿O todo le parece absolutamente normal? Si quiere me responde luego, que ahora el Presidente está en televisión. Como siempre, grita. Es normal.