viernes, 31 de agosto de 2012

Socialité





Ya los conocidos han de saber que no soy afecto al Presidente, que no lo justifico ni mucho menos. Quiero dejar esto muy en claro, porque ahora quiero decir que en ocasiones, cuando uno, estupefacto, presencia ciertas actitudes, termina entendiendo, aunque sea lejanamente, al chavismo, y termina también entendiendo la tristemente célebre frase «No volverán.» Anoche, en el Miss Venezuela, cuando escuché la palabra «Socialité» fue uno de esos momentos.
Sí, es cierto, el Miss Venezuela está hecho para eso. El concurso Miss Venezuela es un entretenimiento y un espacio para la belleza y lo superficial. Y está bien, ya el Miss Venezuela es tradición, y es perfecto como es. Sea un espectáculo de buena o mala calidad, eso no importa ahora, la gente necesita distraerse, todos los venezolanos lo vemos y lo disfrutamos, lo agradecemos, y con orgullo nacional seguimos a nuestras hermosas reinas. Pero anoche, cuando escuché la palabra sociliaté, no pude menos que entristecerme.
La palabra sociliaté, querido amigos, es una advertencia, un síntoma, un indicio de que en este país ciertas cosas siguen iguales a pesar de casi tres lustros de calamidades que nos han sacudido como sociedad, de tres lustros de historia que nos debería haber abierto los ojos como seres humanos. Pero al parecer, algunos siguen ciegos.
            Y no es que uno no esté también orgulloso de nuestros venezolanos que «triunfan en el exterior», y que se «codean» con lo más granado de la sociedad internacional por sus méritos, sus logros, su inteligencia, su glamur. Ellos tuvieron la suerte, la oportunidad, los medios y quizás el talento para merecerlo. Y ya sabemos, tal como lo veía Schopenhauer, nadie elige ser como nació. Nadie elige ser millonario o pobre con dignidad. Pero que un programa de televisión que la nación completa está viendo, llamen a alguien socialité, y que esa persona se deje llamar socialité y que además se crea realmente socialité, sí es preocupante. Es preocupante, porque pareciera que no hemos aprendido nada, porque pareciera que no vamos a ningún lado, porque pareciera que seguimos siendo los mismos de hace décadas, y que, por lo tanto, el país seguirá estando tan mal como ha estado hasta ahora. Es preocupante porque con la palabra socialité nos encontramos ante una visión estrecha del mundo, ante la burbuja ciega, ante la misma condición existencial, social y política que terminó provocando que subiera al poder una fuerza resentida e iracunda que yo no acompaño, que yo no avalo, que yo no sigo, pero que no me extraña a la luz de tal palabreja. A ver si me explico mejor: hace poco conversaba con un amigo librero, cuando llegó ante nosotros una señora muy elegante ella, muy doñita de buena condición, que le contó al amigo librero que había comprado un Quijote en francés, una excelente edición del Quijote en francés. ¿Por qué? Pues ella misma, sin esperar a que se lo preguntaran, lo explicó. Porque ella tenía una nietica en Francia, que era de padres venezolanos, claro está, su hijo y su nuera, claro está, pero que vivían en París, claro está, y es así que esa nietica había nacido en París, y hablaba español, claro está, pero como la doñita ya había dicho, era nacida en París, Francia, y hablaba también francés, claro está, y por eso le compró el Quijote en francés. ¿No hay algo raro en todo eso? ¿Algo desproporcionado y torcido? Luego de pensarlo un poco, se me antojó que había en la doña, muy educada, muy fina, algo de innecesaria «pantallería» (la pantallería siempre es innecesaria, disculpen el pleonasmo), mucho de mente campesina, y de sobra estulticia mundana, entiéndase esnobismo. 1) ¿Por qué razón aquella señora debía andarnos restregando en cara París, Francia? 2) ¿Por qué razón aquella señora no compraba el Quijote en español? 3) ¿El francés es mejor idioma? 4) ¿Porque vivas en París, Francia, ya eso significa que has triunfado en la vida? 5) ¿Por qué nos tuvo que contar todo eso en voz alta, muy alta, como para que todo el mundo escuchara?
            Permítanme señalar la palabra «restregar». Mientras sigamos restregándonos lo tan socialité que somos, se nos hará difícil superar el atolladero. Atacamos una y otra vez la actitud de los que están al otro lado de la acera, nos indignamos, los acusamos, incluso los llamamos de mil maneras poco decorosas. Pero nos olvidamos que de nuestro lado también hay asuntos que están mal, y no nos atrevemos a señalarlos abiertamente, porque, como de costumbre, salen los talibanes de la lucha «democrática» que pululan en nuestras filas (que son, ellos no se dan cuenta, hijos del discurso encendido y cargado de odio de quien encadena el país por horas) a insultar, a despotricar contra quien se ha atrevido a indicar algo que cree que está mal, y no con malicia (lo que se señala), sino por preocupación seria y legítima.
            Piense en la matanza de los Yanomami, y luego piense en la palabra socialité. Piense en la tragedia de Amuay, y luego piense en la palabra socialité. Piense en las personas que mueren todos los días en este país, en las que secuestran, en las que pierden sus trabajos, piense en la cantidad de dinero que se roban la infinidad de corruptos que nos atestan, y luego piense en la palabra socialité.
            Ah, y yo no sé que tanto restregamiento de la palabrita. Tengo entendido que socialité se aplica a una persona que ha alcanzado renombre más por su habilidad para relacionarse que por sus méritos o logros profesionales. ¿Sabiendo eso, es chévere ser un socialité?

domingo, 12 de agosto de 2012

El arte de tomárselo todo personalmente




En este país existe un arte en el que muchos son expertos: el arte de tomárselo todo personalmente. Me asombra cómo, cada vez más, todo lo que se opina en blogs, en Twitter, Facebook o periódicos, es tomado personalmente por alguien, quien, sin dudarlo dos veces, responde o descarga, desde la emoción, a cuatro patadas, y de modo personal, contra quien presentó su opinión en un discurso organizado. Y es que vivimos en el país de las emociones baratas. Todo es emocionalmente barato. Y sí, la emoción es importante. Pero lo barato no.
Creo que no se nos ha enseñado bien la emoción. Sufrimos de un fuerte componente educativo dado por los números, por el cálculo, por la letra sellada a fuego por la academia. Pero de emoción verdadera, nada. ¿Qué quiero decir cuando hablo de emoción verdadera? Hablo, específicamente, de una comprensión del mundo que abarque lo sentido y lo pensado en justo equilibrio. Hablo de detenernos por un instante a pensar lo que sentimos, y luego llevar esa emoción por los caminos de la bondad y del respeto. Mucho número, poco valor humano. Mucha emoción barata, poco pensamiento propio. Llegó el petróleo (hace muchísimos años), y nos olvidamos de aprender a leer y a escribir; y nos olvidamos, sobre todo, de pensar por nosotros mismos. Queremos, necesitamos, andamos siempre a la búsqueda de que nos piensen. Queremos pensamientos colados. Simplemente, para resumir, nos olvidamos de ser ciudadanos. Ciudadanos, y no pueblo. Gente, y no pueblo. Porque aquellos a quienes el populismo sensiblero llama pueblo deberían ser gente, deberían ser ciudadanos. Y por eso no comulgo con la palabra pueblo. La palabra pueblo presupone a un «pobrecito» que necesita ser defendido. La palabra pueblo considera niños a los adultos hechos y derechos.
            El arte de tomárselo todo personalmente también parte de un principio equivocado: el de la libertad. Nos han venido enseñando mal la libertad, y en los últimos años, el asunto ha ido de mal en peor. La libertad presupone la capacidad de la crítica, sí, claro que sí. Pero esa crítica no puede ser posible si permanecemos en la minoría de edad. Si criticamos desde el sentimentalismo barato, si criticamos desde la superficialidad, desde lo mezquino y lo mediocre, no hay crítica que nos ayude a emanciparnos.
 La palabra libertad es una de las palabras más engañosas de la historia. A cuenta de libertad nos hemos ido convirtiendo en esclavos. ¿Ejemplos? Si alguien estudia, si alguien da clases, si alguien medianamente intenta sacar la cabeza por encima del caldero, entonces el martillo de la falsa libertad le cae encima. El que estudia es un soberbio, el que lee es un soberbio (y un pendejo), el que intenta hilvanar un texto más o menos estructurado se las tira de una vaina. Y lo peor de todo esto es que, con toda la libertad del mundo, voy y lo digo: usted es un soberbio, señor, porque seguro es profesor y lee libros. La falsa libertad nos hace decir, pero si ese carajo es de Puerto Cabello, yo estudié con él, qué va a saber él nada. La falsa libertad te lleva a creer que puedes ocupar un cargo por encima de todos, solamente porque tú tienes derecho, porque naciste en el país del Libertador Simón Bolívar. (Qué mal nos ha hecho la falsa interpretación de Simón Bolívar y de su trágico título, cargo o como quieran llamarlo de Libertador.) La falsa libertad hace que los empleados de banca telefónica sean unos maleducados de primera que a todo responden con hastío. La falsa libertad ha hecho que en este país el servicio se considere una cosa vergonzosa, un acto de esclavitud, y no una manera de alcanzar la prosperidad y el bienestar común. La falsa libertad nos ha vuelto levantiscos. La falsa libertad no ha traído más que odio, un odio que termina expresándose en el estado común de las cosas en la calle, el caos, el irrespeto a las leyes, a las normas, a los mínimos patrones del orden. La falsa libertad unida al arte de tomárselo todo personalmente nos ha vuelto bullys o acosadores del «éxito»: aquel es un gordo, aquel es un conectado, aquel un señor de nalgas peludas. La falsa libertad nos ha llevado a la superficialidad. La falsa libertad nos ha llevado al sentimentalismo barato. Porque eso también es el arte de tomárselo todo personalmente: sentimentalismo, y del peor. El arte de tomárselo todo personalmente nos saca de la perspectiva mayor. El arte de tomárselo todo personalmente es un arte de cegatos. Un arte de inmadurez.
            En los últimos días he visto con tristeza una gran cantidad de ignominias: he visto cada vez más a cierta gente cargar y cargar contra otra gente en Facebook, en Twitter, en blogs. He visto cómo, si alguien intenta expresar su opinión con serenidad y respeto, igual es atacado personalmente (porque quien conoce el arte de tomárselo todo personalmente ataca personalmente). La invasión de odio a la que hemos sido sometidos durante todos estos años (este gobierno empezó mucho antes de que empezara, el Presidente que tenemos empezó a ser nuestro Presidente desde que creímos que el camino de un país es el camino de lo fácil y lo atropellado) está haciendo mella entre nosotros. Pero tampoco se trata de ellos y de nosotros. Se trata de que incluso entre aquellos que se hacen llamar «nosotros» he visto juegos de espadas, dobles intenciones, oportunismos, jugadas por detrás. ¿Cuánto hay de honestidad en determinadas acciones? ¿O cuánto hay de «Voy a hacer esto por si acaso, porque este gobierno no va a durar toda la vida, y aquí me voy acomodando, para que luego me toque a mí»? ¿Cuánto hay de seguir considerando la política un resuelve, un chanchullo, un negocio y no una verdadera actitud humana para el mejoramiento del hombre? Pero por supuesto, ya vendrá alguno, ducho en el arte de tomárselo todo personalmente, a sentirse señalado. Allá usted. Voy responderle con una de esas maravillosas frases populares que, tal como dice Eugenio Montejo en El cuaderno de Blas Coll, son las botellas que arroja al mar cada idioma de tiempo en tiempo. Y ya, la frase es: el que se pica es porque ají come. Esta frase es una verdadera belleza, que además surgió aquí, en este país donde se práctica con absoluta libertad el arte de tomárselo todo personalmente. Creo que es hora, no sólo de luchar contra el mal, sino, también, de empezar a madurar.